

Todos eran estupidos, menos el joven Landau que frecuentaba los burdeles de baja estofa de las denteras sovieticas. Dicen, no se sabe o no se quiere saber, que estaba el suelo manchado de cuajarónes que simulaban erupciones vaginales, o tétricos manipuleos de la CIA, la KGB, la DEA y el nivel 32 por encima de la presidencia norteamericana. Si, silos portatiles llenos de hombres nubiles que se aferraban a la teta del capitalismo-comunismo, intrigando entre todos por la paz del espìritu y la guerra difuminada en tormentas de acero, leche de vacas abducidas y escorpiones montados en alacranes. Nunca, como ahora, se recuerda el logro básico: buscaras el orgasmo, la pantomina, la estupefacción, la noche sin sentido y juraras que nada lo tiene ni puede tenerlo.
Seràn tus heròes los anti-heroes, diras las cosas al reves, serà la ciencia un escupitajo, la palabrería sabiduría y fingiras que no crees en los milagros pero en lo hondo sentiras que el mesìas eres tú.
Dejaras de leer a Orwell porque nada puede enseñarte, excepto el àpendice para aprender neolengua.
Vivireis de la neolengua como si poesía de Blake emulase, para dejar de saber que lo sabías y reiteres que ya nada tiene lo que tenía, a pesar de que tenerlo es evidencia de la contraevidencia que te suscita el interès. Mezquino en tus palabras te hierves los ojos en la boca, consumiendo oxidos y deteriorados anhelos.
El fin proximo es la batea de babas costumbrista que asume su ridiculo en la geometría del desorden que manifiesta pinaculos de sabiduría mellados. Eso, eso, es la solución que no encuentras y no buscas ni esperas pero se te da. Nabo en ciernes que orada el hollín amargado de lengua viva que nada exalta, apatìa corrugada, fanerogama.









