viernes, 30 de enero de 2009


Marcelo había decidido que ser un mortal no valía la pena: prefería ser funcionario no solo por ganar amplios salario, sino porque las mujeres caían como caen las manzanas bajo la fuerza gravitatoria, aunque quizá con mayor contundencia. Por eso fue dos veces director de una facultad de filosofía en la que pululaban los ex-curas, gente típica que descubrió la carne a destiempo y acepto con resignación su debilidad: no podían emular al viejo apostol Pablo. Pero Marcelo contrató a Laura de funcionaria sub-alterna suya para gozar de la carne con el dinero del presupuesto: la mejor carne es la que pagan otros y uno consume. Mientrás gozaba de los placeres vanos del cuerpo de Laura, se las arreglo para convencerla de que tenía poderes especiales derivados de la cópula abyecta que solían practicar bajo las mesas de los salones de clase; se discutía a Virgilio y su relación con la caverna platónica en las mañanas, y en las tardes y noches aburridas sin estudiantes de transformaba en Table Dance. Laura, entonces, con la venía del poder que emanaba de Marcelo y se posaba en ella, contrató a una sorda para que dierá las clases que ella no quería; y secretamente aceptaba que no podía; impartir. Con ello obtenia tiempo para aprovecharlo en el prolijo consumo de productos de manteca de cerdo que le obstruían lentamente las venas, y le inflamaban el colon. Y, por supuesto, para dispendiarlo con Marcelo.
La sorda daba las clases, y ella esperaba pacientemente el momento de asumir el cargo de directora, finalmente la cópula algo le debía haber transmitido de sabiduría, y si no era así, no hacía falta ninguna inteligencia brillante para dirigir una escuela de adictos palurdos.
Llegados los tiempos, Laura se alegro grandemente cuando supo que Nuñez, el mugroso de Nuñez, el panzón de Nuñez, el pinche barbón grasiento de Nuñez y su perorata insoportable e ínfima sobre Pascal serían sus contrincantes por la dirección.
!Y es que Nuñez es un caso¡: un ex-cura que, honestamente, prefirió dedicarse a embaucar almas con las dudas de Pascal antes que permitirse el lujo de fingirse émulo de Cristo (había arrojado, en un arrebato magnifico, la Imitación de Cristo de Thomas de Kempis al fuego) cuando su cuerpo se volvía, recurrentemente, una sola carne con la carne de las más variadas meretrices.
Pero Laura no contaba conque el cielo la había hecho odiosa para todos menos para Marcelo, porque el pobre Marcelo era el campeón de la impertinencia, la estulticia y el capricho.
Dadas así las cosas, el panzón, chaparro, prieto, feo, indio de Nuñez; con su luenga barba sin arreglar, sus cabellos cebosos y ese aspecto de revolucionario de la sierra maestra con mugre de 15 días vuelta costra sobre su piel, se lanzó al ruedo y ganó.
Laura, para éstas fechas, vive adherida a la esperanza que siembra en ella el sindicalismo charro sin ideas ni expectativas de que un día, por la gracia de las grandes gestiónes del arbitrario secretario general, volverá por sus fueros a ese lugar mezquino donde los indios mandan y las sordas vuelven a oír.
Marcelo, de viaje por Veracruz, ya tiene un amor nuevo, producto de extraodrinaria capacidad para volver sus defectos virtud, y sus palabras caricias que halagan la mente.